El catastro está en COFOPRI. La propiedad, en SUNARP, partida por partida y pagando.
Lo del Estado, en el SINABIP. La franja de playa, en una línea que dibuja la Marina.
El peligro geológico, en el INGEMMET. La obra que va a cambiar el precio, en el
Banco de Inversiones del MEF. El precio de hoy, en avisos que caducan.
Ninguno de esos mapas se cruza con el otro. Por eso el mercado
peruano de suelo se mueve por dato de vecino y foto de dron: no porque falte
información, sino porque nadie la pone junta sobre la misma geometría.
Eso es exactamente lo que hace Lumina. Bajamos cada fuente a su geometría real,
la convertimos en una pregunta de sí o no sobre cada hectárea, y cruzamos.
Lo que sobrevive es corto — y por eso se puede estudiar de verdad.